Conocí a Esperanza Aguirre a finales de los noventa. Estuve con ella en dos ocasiones. La primera cuando se inauguró el IES Europa y la segunda en una cena organizada por el partido popular- a la que acudí invitada por mi asociación de empresarios- en el palacio del Negralejo. Entonces ella era ministra de Educación y coleaba todavía la famosa anécdota de Sara Mago. Me encontré entonces con una mujer fuerte, dicharachera y- ¡cómo nos gusta este adjetivo para los poderosos!- campechana.Pasaron varios años y llegó a la presidencia de la comunidad de Madrid el el rebujo de uno de los "pucherazos" electorales más evidentes, el "tamayazo". Y nadie la ha podido mover de allí hasta ahora, más que su propia voluntad de marcharse.
Desde que la noticia ha saltado a los medios, no dejo de leer especulaciones en torno a las causa reales: que si un tumor, que si el intento de hacerse con el poder del Estado, que si pitos que si flautas...
Imagino que la causa tiene que ser muy fuerte, pues no conozco a nadie más enamorada del poder que la Aguirre, y además que disfrute tanto con él, aunque la saquen la piel a tiras. Es una mujer que se pone el mundo por montera, a sabiendas que, en su partido, es la tuerta entre los ciegos, por lo menos en Madrid.
Deseo que no sea la enfermedad lo que la obligue a retirarse, porque por muy retorcida que haya sido, mutilando todo lo que oliera a servicio público en nuestra comunidad, desmantelando la Educación y la Sanidad. No debemos olvidar-aunque ella sí lo hace una vez y otra, siempre que abre la boca - que el respeto a la persona es un derecho fundamental
No creo que el panorama mejore en la era post-Aguirre. La compañia que la rodea deja todavía más que desear. Además, no nos olvidemos que somos los ciudadanos los que ponemos con nuestro voto o con nuestra abstención a quienes nos gobiernan. Y si Dios, con su cólera ante tanto desmán, no lo remedia y el Psoe no espabila, con Aguirre o sin Aguirre, nos queda desierto a los progresistas para rato.
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